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Cuando pensar deja de ayudar

Hay momentos en los que pensar sirve para comprender, decidir o resolver un problema. Y hay otros en los que la mente parece haber olvidado cómo detenerse.

Repasas una conversación. Imaginas lo que podría ocurrir. Intentas entender por qué alguien hizo algo. Vuelves sobre una decisión. Buscas la explicación definitiva, la respuesta correcta o esa certeza que permitiría por fin dejar el asunto en paz.

Pero no llega.

Cuanto más piensas, más cosas aparecen para seguir pensando.

A esto solemos llamarlo rumiación o sobrepensamiento. Puede acompañar a la ansiedad, al insomnio, a una ruptura, a un duelo, a la culpa, a una decisión difícil o simplemente haberse convertido en una forma habitual de enfrentarse a cualquier incertidumbre.

El problema no es que pienses demasiado. El problema es que tu pensamiento ha dejado de llevarte a algún sitio.

Persona caminando junto al mar rodeada de gaviotas

Por qué no puedes resolverlo pensando un poco más

La rumiación suele tener una trampa: parece que estamos a punto de encontrar la solución.

«Si consigo entender exactamente qué pasó, podré quedarme tranquilo.»
«Si analizo todas las posibilidades, podré evitar equivocarme.»
«Si encuentro la explicación correcta, dejaré de sentirme así.»

Esa promesa mantiene el pensamiento en marcha.

Sin embargo, llega un momento en el que pensar deja de producir información nueva. La mente empieza a recorrer una y otra vez caminos muy parecidos, cambiando pequeños detalles, ensayando escenarios o buscando una certeza que quizá no existe.

Entonces aparece una paradoja: pensamos para conseguir tranquilidad, pero el propio intento de conseguirla mantiene la inquietud.

Por eso decirse «deja de pensar» suele servir de poco. Tampoco se trata simplemente de distraerse. Lo importante es comprender qué función está cumpliendo ese pensamiento y por qué tu mente sigue considerándolo necesario.

Cuando descubrimos eso, podemos empezar a intervenir no solamente sobre lo que piensas, sino sobre el mecanismo que te obliga a seguir pensando.

No todas las vueltas que damos a las cosas son iguales

Dos personas pueden decir «no puedo dejar de pensar» y estar haciendo cosas psicológicamente muy diferentes.

Una intenta anticipar todos los problemas antes de que ocurran. Otra reconstruye una conversación buscando qué hizo mal. Alguien necesita estar completamente seguro antes de tomar una decisión. Otra persona vuelve una y otra vez al pasado intentando comprender algo que le dolió.

También puede haber pensamientos repetitivos relacionados con la culpa, las relaciones, la salud, el trabajo, el futuro, la propia identidad o preguntas para las que quizá no existe una respuesta definitiva.

Por fuera todos estos procesos pueden parecer «darle demasiadas vueltas». Por dentro, sin embargo, cada uno puede estar intentando conseguir algo distinto: seguridad, control, reparación, certeza, protección, comprensión o alivio.

Esta diferencia es importante porque determina dónde intervenir.

No me interesa solamente conseguir que pienses menos. Me interesa descubrir por qué tu mente considera necesario seguir pensando.

Cuando encontramos esa función, muchas veces aparece una posibilidad que antes no estaba disponible: dejar de combatir cada pensamiento por separado y empezar a modificar la dinámica que los mantiene en circulación.

Salir del bucle no significa dejar la mente en blanco

Muchas personas llegan agotadas después de haber intentado controlar sus pensamientos durante mucho tiempo. Se distraen, razonan consigo mismas, buscan explicaciones, intentan pensar en positivo o se obligan a «no darle más vueltas».

A veces funciona durante un rato. Después, el pensamiento vuelve.

El objetivo terapéutico no es conseguir una mente permanentemente silenciosa. Pensar es una capacidad extraordinaria; el problema aparece cuando perdemos la libertad de dejar de hacerlo.

En terapia podemos trabajar para recuperar precisamente esa libertad: distinguir cuándo un pensamiento está aportando algo y cuándo ha empezado a repetirse; tolerar mejor aquello que no puede resolverse inmediatamente; poder convivir mejor con cierta incertidumbre; modificar determinadas respuestas automáticas y aprender a salir del circuito sin tener que terminar mentalmente cada asunto.

En algunos casos será necesario trabajar también con la activación corporal, las emociones, experiencias anteriores o situaciones vitales que mantienen al sistema en alerta.

Poco a poco puede aparecer una experiencia que al principio resulta extraña: un pensamiento puede estar ahí sin que tengas que seguirlo.

Y cuando eso ocurre, la mente recupera una de sus capacidades más importantes: no solamente pensar, sino también saber cuándo ha pensado suficiente.

¿Cuándo merece la pena pedir ayuda?

Darle vueltas a las cosas de vez en cuando forma parte de la vida. No todo pensamiento repetitivo necesita tratamiento.

Conviene prestarle atención cuando empieza a consumir demasiado tiempo o energía; cuando interfiere con el sueño, el trabajo o las relaciones; cuando necesitas revisar continuamente decisiones o conversaciones; cuando una preocupación termina siendo sustituida por otra; o cuando, después de pensar durante horas, sigues exactamente en el mismo punto.

También cuando empiezas a organizar tu vida alrededor de evitar aquello que activa esos pensamientos.

Hay una señal especialmente sencilla: si pensar sobre un problema ocupa ya mucho más espacio que actuar sobre él o vivir a pesar de él, probablemente merece la pena estudiar qué está ocurriendo.

No necesitas saber previamente si lo tuyo se llama rumiación, ansiedad, obsesión, perfeccionismo o simplemente una mala época.

Primero podemos comprender cómo funciona tu bucle particular. Después decidiremos dónde merece la pena intervenir.

Psicoterapia online para la rumiación y el sobrepensamiento

Trabajo exclusivamente online y llevo más de treinta años ejerciendo como psicólogo.

Cuando una persona llega diciendo «mi cabeza no para», no parto de un protocolo idéntico para todos. Primero necesitamos comprender cómo funciona ese pensamiento repetitivo en esa persona concreta: qué lo activa, qué intenta conseguir, qué lo mantiene y qué ocurre cuando intenta detenerlo.

A partir de ahí puedo combinar diferentes formas de intervención según lo que encontremos: trabajo cognitivo y emocional, modificación de patrones aprendidos, recursos corporales, estrategias prácticas y, cuando resulta indicado, hipnosis clínica.

No se trata de aprender veinte técnicas para defenderte de tus propios pensamientos. Se trata de intervenir en los lugares adecuados para que pensar deje de convertirse automáticamente en seguir pensando.

El objetivo es que puedas volver a utilizar tu mente para lo que realmente sirve: comprender cuando hay algo que comprender, decidir cuando hay algo que decidir y, cuando ya no queda nada útil que resolver, volver a la vida que está ocurriendo fuera de tu cabeza.

Dar el primer paso

Si llevas tiempo intentando resolver las mismas cosas dentro de tu cabeza y cada respuesta parece producir una nueva pregunta, quizá no necesites pensar más.

Puede que necesitemos descubrir por qué tu mente no encuentra el momento de detenerse.

No hace falta que llegues con una explicación clara de lo que te ocurre. Podemos empezar precisamente por ahí: comprender cómo se ha construido ese bucle y buscar una forma diferente de salir de él.

A veces la solución no aparece cuando encontramos el pensamiento correcto, sino cuando recuperamos la libertad de no tener que seguir pensando.