Crisis vital y vacío existencial
Cuando la vida que tienes ya no termina de servirte
Una crisis vital o un vacío existencial no siempre aparecen cuando la vida va mal. Hay momentos en los que una persona no puede decir que tenga grandes problemas y, sin embargo, sabe que algo no está bien.
Puede haber trabajo, familia, responsabilidades, incluso una vida razonablemente estable. Pero aparece una sensación difícil de explicar: falta de dirección, pérdida de ilusión, cansancio, desconexión o la impresión de estar viviendo una vida que ya no termina de sentirse propia.
A veces la pregunta aparece con toda claridad:
«¿Esto es todo?»
Otras veces no hay ninguna pregunta. Sólo una sensación persistente de vacío.
Una crisis vital puede comenzar después de una pérdida, una separación, un cambio profesional, la marcha de los hijos, una enfermedad, una decepción o la llegada a determinada edad. Pero también puede aparecer sin que haya ocurrido nada extraordinario.
Simplemente, lo que hasta ahora sostenía nuestra vida deja de hacerlo.
Y entonces conviene escuchar lo que está ocurriendo.
No todo vacío significa lo mismo
Una de las cosas importantes en terapia es no precipitarse a poner una etiqueta.
Una pérdida de sentido puede acompañar a una depresión, a un duelo, a un periodo prolongado de ansiedad o agotamiento, a una relación que nos está dañando o a una situación vital que se ha vuelto insostenible.
Pero otras veces sucede algo diferente.
La persona ha cambiado y su manera de vivir no ha cambiado con ella.
Continúa respondiendo a obligaciones, decisiones, expectativas o formas de entenderse a sí misma que tuvieron sentido durante muchos años, pero que ya no encajan igual.
Por eso no parto de la idea de que toda crisis deba ser eliminada cuanto antes.
Primero hay que comprender qué está diciendo.
Algunas formas en las que puede aparecer
No todas las crisis vitales se parecen.
En unas predomina la tristeza. En otras, la ansiedad. Algunas producen irritabilidad, apatía o una necesidad intensa de cambiarlo todo. Otras apenas son visibles desde fuera.
Puedes encontrarte pensando demasiado en las decisiones que has tomado, preguntándote qué quieres hacer con los años que tienes por delante, sintiendo que has cumplido con lo que se esperaba de ti pero no sabes muy bien qué quieres tú, o descubriendo que aquello que antes te motivaba ha perdido fuerza.
También puede aparecer una contradicción especialmente desconcertante:
«No tengo motivos para estar mal y, sin embargo, no estoy bien.»
No es necesario reconocerse en una lista completa de síntomas.
Lo importante es otra cosa: que la forma en que estás viviendo haya dejado de ser suficiente y no encuentres todavía una salida clara.
Una crisis no necesita necesariamente una revolución
Cuando una persona lleva tiempo sintiéndose atrapada puede aparecer la tentación de cambiarlo todo: pareja, trabajo, ciudad, hábitos, relaciones.
En ocasiones habrá cambios importantes que realizar.
Pero no conviene confundir necesidad de cambio con necesidad de destrucción.
Antes de tomar grandes decisiones resulta mucho más útil comprender qué parte del malestar procede de las circunstancias, qué parte procede de nuestra manera de relacionarnos con ellas y qué necesidades profundas llevan demasiado tiempo desatendidas.
A veces hace falta cambiar mucho.
Otras veces, sorprendentemente poco.
Pero tiene que ser lo adecuado.
Ahora sólo hay que hacer una cosa de formato: convierte estos tres encabezados en Título 2:
No todo vacío significa lo mismo
Algunas formas en las que puede aparecer
Una crisis no necesita necesariamente una revolución
Cómo trabajo las crisis vitales y la pérdida de sentido
Llevo más de treinta años trabajando como psicólogo.
Durante ese tiempo he aprendido que dos personas pueden llegar a consulta diciendo prácticamente lo mismo y necesitar intervenciones completamente diferentes.
Por eso no utilizo un procedimiento cerrado para las crisis vitales.
Primero necesitamos comprender con bastante precisión qué está ocurriendo en tu caso.
Puede ser necesario trabajar ansiedad, duelo, miedo, culpa, relaciones, patrones antiguos, decisiones aplazadas o heridas que continúan condicionando el presente.
En otros casos el trabajo estará más relacionado con identidad, dirección, valores, deseo, límites o con recuperar partes de uno mismo que fueron quedando relegadas mientras se atendían las exigencias de la vida.
Utilizo herramientas procedentes de diferentes enfoques psicológicos y adapto el trabajo a la persona y al momento del proceso.
No se trata de analizar indefinidamente tu vida.
Se trata de comprender lo suficiente para poder intervenir donde realmente cambian las cosas.
No voy a decirte qué hacer con tu vida
Un psicólogo no debería convertirse en el autor de la vida de otra persona.
Mi función no es decirte si tienes que abandonar un trabajo, mantener una relación, cambiar de ciudad o empezar de nuevo.
Es ayudarte a distinguir mejor.
Qué pertenece al miedo y qué a una necesidad real. Qué estás sosteniendo por inercia. Qué merece conservarse. Qué necesita terminar. Qué estás evitando. Y qué posibilidades existen que quizá todavía no puedes ver con claridad.
Una buena terapia no debería hacerte más dependiente del terapeuta.
Debería ayudarte progresivamente a recuperar criterio, libertad y dirección propios.
Cuando la crisis aparece en mitad de la vida
Hay etapas en las que estas preguntas adquieren una intensidad especial.
Durante muchos años podemos vivir mirando principalmente hacia delante: estudiar, trabajar, formar una familia, construir estabilidad, resolver problemas.
Pero llega un momento en que ya existe suficiente vida recorrida como para mirar también hacia atrás.
Y aparecen preguntas distintas.
¿Quiero seguir viviendo de esta manera?
¿Qué he ido dejando atrás para llegar hasta aquí?
¿Qué merece realmente los años que tengo por delante?
No considero estas preguntas una enfermedad.
Pueden resultar dolorosas y, en ocasiones, convivir con problemas psicológicos que sí necesitan tratamiento. Pero las preguntas en sí mismas forman parte de una vida examinada.
El objetivo no consiste en silenciarlas.
Consiste en conseguir que dejen de ser un laberinto y puedan convertirse en orientación.
Convierte solamente estos tres encabezados en Título 2:
Cómo trabajo las crisis vitales y la pérdida de sentido
No voy a decirte qué hacer con tu vida
Cuando la crisis aparece en mitad de la vida
Terapia online
Trabajo exclusivamente online.
Esto permite realizar las sesiones desde un lugar privado y familiar y trabajar con personas independientemente del lugar en el que vivan.
La modalidad online no cambia mi criterio fundamental: cada proceso se diseña en función de la persona, de su situación y de cómo va evolucionando.
En algunos momentos necesitaremos comprender. En otros, experimentar. En otros, practicar algo muy concreto entre sesiones.
La terapia no tiene que ser complicada para ser profunda.
Y tampoco tiene que prolongarse artificialmente.
Tiene que servir.
¿Cuándo puede tener sentido pedir ayuda?
No necesitas esperar a encontrarte al límite.
Puede ser un buen momento cuando llevas tiempo dando vueltas a las mismas preguntas sin avanzar; cuando sabes que necesitas algún cambio pero no consigues determinar cuál; cuando tu malestar empieza a afectar al sueño, las relaciones, el trabajo o las ganas de vivir; o simplemente cuando percibes con suficiente claridad que seguir exactamente igual ya no es una buena opción.
Una primera sesión sirve precisamente para eso: comprender qué está ocurriendo y valorar si podemos trabajar juntos.